Lo que me pasa, es que mi páncreas no segrega insulina y eso hace que los niveles de azúcar en la sangre sean muy elevados. Eso es muy peligroso ya que si no lo controlo puede llegar a complicar diversos órganos a largo plazo, especialmente los ojos, los riñones, los nervios, el corazón y los vasos sanguíneos.
Para controlar una diabetes, cada persona tiene su método, el mio consiste primero en sacarme sangre del dedo para ponerla en una máquina que me dice cuánto azúcar tengo en ese momento, y después dos tipos de agujas para así tener la insulina que mi páncreas no produce, y tengo que pinchármela 7 veces al día en los brazos, muslos y tripa.
miércoles, 22 de enero de 2014
¿ Quién eres tú ? ¿ Qué quieres ser en la vida ? ¿ De los que hacen las cosas, o de los que miran ? Nos enseñan que hay imposibles pero es mentira, lo único imposible es alcanzar lo que quieras sentado en una silla.
lunes, 20 de enero de 2014
No recuerdo el día que empezó todo, el día que me desperté y empecé a tener los síntomas de esta enfermedad, no se si fueron todos de golpe o fui sintiendo cada uno poco a poco; lo que sí recuerdo (y dudo que algún día consiga olvidarlo) son los 5 meses que estuve acompañada de ese mal estar a los 13 años, sin tener idea alguna de qué me pasaba, de qué significaba eso que no me estaba dejando seguir con mi vida tranquilamente.
No paraba de beber agua porque la sed que tenía todo el tiempo era exagerada, no se me pasaba ni un segundo por muchos litros que bebiera, eso hacía que fuera a orinar al baño cada 5 minutos como máximo, noches incluidas, lo que me llevaba a no dormir. (Obsesión también por echarme cucharadas de azúcar)
También tenía todo el tiempo hambre, no tanto como sed pero sí que era muchísima más de lo normal, y más para mi ya que hasta entonces había sido una niña de poco y mal comer. Lo que más llamaba la atención de este tema, era que cuanto más comía, más adelgazaba; y perdí un montón de peso, demasiado.
La vista, me empezó a fallar muchísimo. Veía todo el rato borroso hasta el punto de no leer a la hora de hacer los deberes y cuando me mandaban hacerlo en clase, era imposible, ni forzando conseguía leer bien una frase entera.
Me encontraba durante todo el día cansada, con dolor de cabeza y nauseas, débil, confunsa... y sin ganas de hacer nada.
Con todo esto, dejé de ser yo misma por completo. Pasé de ser la niña feliz que no paraba ni de reír ni de ir de un lado para otro (como todos a esa edad, supongo) ; a ser la que no quería salir (aunque a veces lo hacía), y a la que ya rara vez sonreía.
Gracias a las personas que pasaron ese infierno conmigo.
Mis amigas, paciencia que tuvieron acompañándome cada 5 minutos (sin exagerar) a beber agua y al baño... quedándose sentadas conmigo en un banco porque me cansaba mucho al andar; insistiendo y animándome para que saliera a estar con ellas y cuidándome como a nadie cuando lo hacía. Inmensamente agradecida por no dejarme sola ni un minuto por muy extraña y confusa que pareciese la situación, nunca podré agradecérselo lo suficiente...
Mis padres... principalmente, por el cariño con el que me trataron en todo momento, a pesar de que no me portase bien con ellos ya que sólo les hablaba para quejarme. También por renunciar a su tiempo para quedarse cuidándome, por abrazarme en cada ataque, por tumbarse a hablar conmigo cuando lo necesitaba, y por respetarme y dejarme sola cuando no. Inmensamente agradecida también, por aguantarme no solo a mi, si no a las muchas llamadas telefónicas de profesores etc diciéndoles que su hija no estaba nada bien, y que " lo más probable es que Lara tenga anorexia " cuando no era verdad. Me harían falta más vidas para llegar a agradecérselo todo.
Tres meses fueron los que estuve así sin pisar ni una consulta de médico, la verdad no se exactamente porqué, pero parece ser que tampoco hubiese cambiado eso algo, ya que después de esos 3 meses mi madre estuvo llevándome durante otros 2 meses, enteros, al ambulatorio. Y fueron dos meses en los que me mandaban de vuelta a casa porque supuestamente me lo estaba inventando todo por no ir a clase. Hasta que por fin, la madre de un amigo que también es doctora, vino a donde mi al enterarse de todo y me hizo unas pruebas, poniendo fin a esos 5 meses de sufrimiento tanto para mí como para las personas que me rodean.
Y tras ver los resultados de esas pruebas, me mandaron directa al hospital...
A Raúl, la persona que me dio la idea y me animó para hacer un blog contando mi historia con la diabetes, la persona que al igual que mi enfermedad, marcó un antes y un después en mi vida.
Siempre atento a cómo me sentía, alegrándose por mi los días que iba bien, y preocupándose, incluso más que yo, los días que no.
Antes de conocerle no me iba nada bien; la ansiedad, la impotencia, el malestar, el miedo y sobre todo el cansancio de llevar tal peso cada segundo, aparecía todos los días quitándome la fuerza, las ganas y el valor para esforzarme a que fuera bien tal enfermedad. Puede que esto último haya sonado exagerado, pero así es como me sentí cuando me di cuenta de que se me había escapado de las manos la tontería de no cuidarme y no sabía ni cómo ni por donde empezar a cambiar, ya que al solo centrarme en mi rabia y orgullo me negaba a hacer caso a los consejos médicos.
Entonces le conocí a él y se paró a escucharme y a comprenderme como nadie lo había hecho hasta ese día. Primero me hizo sacar todos los pensamientos y sentimientos que había acumulado en tantos años y que de alguna manera u otra estaban bloqueándome, cosa que me di cuenta en cuanto acabé de hablar, ya que me hizo saber que no había ni uno bueno.
Después, fue capaz de darle la vuelta a todos y a cada uno de esos pensamientos, convirtiéndolos en positivos y haciéndome prometer que iba a empezar un cambio a mejor con ellos, eso fue lo que hice.
Ahí estaba él cada día animándome con sus palabras de ánimo y afecto, consiguiendo eliminar el miedo que hasta entonces me había manejado, apostando por mi, confiando en que podía con ello, y haciéndome reír ayudándome a no hundirme cuando tenía recaídas.
Ojalá no estuviese hablando en pasado, ojalá siguieses aquí. Pero como dije un día: uno de los recuerdos que me regalaste y que consiga que me sienta protegida como en aquel momento, es el de la fuerza que me transmitiste en cada abrazo, y no hay día que no la sienta de nuevo. Así que si sigo en pie sigue siendo gracias a ti. Seguiré con mi promesa por ti.
Gracias por repararme y por hacer de mi una persona valiente, gracias por llegar de repente y quedarte para siempre. Gracias por todo, te quiero mucho.